Peligro, ya gatea.
Al igual que si estuviésemos en la playa y tratásemos de poner a salvo de la marea las toallas, sillas y sombrillas, algo similar hemos tenido que hacer en casa con el home cinema, plantas, DVD, revisteros, etc. elevándolos todos medio metro sobre el nivel del suelo, que es aproximadamente la altura que alcanza la mano de nuestro pequeño Atila.
En cuestión de días, hemos pasado del grito orgulloso de “mi niño ya gatea”, al grito de “peligro, ya gatea” y es que allá donde arrastra su culo, no vuelven a crecer las pelusas. Y es que la funda del sofá suelta pequeñas bolitas naranjas, a las que observa y acosa con creciente entusiasmo. Estoy convencido que el día que se de cuenta que no es que tengan vida propia y huyan, sino que es el que las sopla al acercarse, logrará atrapar alguna.
Además, como le hemos cogido cariño al niño, pues a proteger enchufes, esquinas y demás.
Poco a poco va demostrando un total desapego por su vida, intentando arrojarse desde cualquier superficie lo suficientemente elevada, acercar sus dedos a esos agujeros donde papá enchufa el cargador de ese otro gran objeto anhelado, el móvil…
Ya expresa el ser humano desde pequeño esa extraña adicción o fascinación por tener el control.
En fin, es nuestro pequeño humanito y le queremos. Pero temblamos con terror cada vez que le vemos hacer esfuerzos por ponerse de pié…
El terror de las pelusas
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